N° 2 - Latinoamérica

Prefacio a La orilla africana de Rodrigo Rey Rosa

par Pere Gimferrer

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Prólogo de P. Gimferrer à La orilla africana

Este prólogo inaugura la edición en lengua original de la novela La orilla africana de Rodrigo Rey Rosa, publicada por la editorial Seix Barral de Barcelona en 1999. Como la edición está agotada, Pere Gimferrer nos ha autorizado a reproducir este texto en español en nuestra revista. Le estamos particularmente agradecidos.

Lo que llama ante todo la atención en La orilla africana es, por una parte, su diafanidad, y, por otra, su carácter a primera vista enigmático. De la coexistencia entre diafanidad y enigma nacen en buena medida el hechizo y la fascinación del texto, a menos que pensemos (no sin razón) que tales rasgos dimanan simplemente de la límpida, esmerilada y tensa belleza de un estilo que parece hacer suyo, para la prosa, lo que del poema dijo Octavio Paz : « Aguzar silencios hasta la transparencia ». Tenemos, en efecto, la sensación de diafanidad en virtud de una escritura despojada hasta el máximo, en la que ninguna palabra sobra, y sin embargo algo envolvente y sensual hasta rozar lo obsesivo, casi como un sueño vivido, que relata ‒en un marco de despojada hermosura, a un tiempo erotizato y ascético‒ una peripecia cada uno de cuyos detalles es perfectamente comprensible para cualquier lector, pero cuyo sentido final parece escapársenos. De que tales detalles son en realidad una sola peripecia, enlazados como están por un nexo a un tiempo fortuito e ineludible, pocas dudas tenemos : la historia del adolescente marroquí y la del joven colombiano, en una ciudad de Tánger que parece protagonizar y casi determinar la acción, confluyen en el vuelo final de la lechuza que ha servido para unirlas y desunirlas una y otra vez. En el curso de esta peripecia, el colombiano será al final un hombre que ha roto vínculos con quien era al principio, y el marroquí seguirá habitando en el mismo mundo animista y pansexual que lo sostiene y rodea desde la primera página. Pero, aparte de tales hechos, la historia en sí ni encierra símbolo o alegoría ni tampoco admite moraleja : lo que puede desorientar al lector es que, fuera de sí mismo, el relato no parece conducir a parte alguna. Ahí, precisamente, residen la originalidad y la grandeza de su estructura. Nadie pide a un relato como los que hoy componen Las mil y una noches que signifique algo ajeno a su entidad en cuanto relato. Pero conquistar así el reino de los enigmas atávicos de lo popular y anónimo ‒el mismo reino en el que habita el romance del conde Arnaldos, por ejemplo‒ y hacerlo desde una escritura refinadísima en su simplicidad es cosa dable a muy pocos escritores.

Por los meandros, recovas y recovecos de la narración transita el lector guiado por una escritura tenue y firme como el hilo de Ariadna ; la pura diafanidad en que desembocamos no oculta al monstruo del laberinto, sino a una esfinge : nuestro destino. El relato, aquí, se significa sólo a sí mismo en cuanto relato, y la peripecia parece consumarse y cumplirse en sí misma de igual modo que le ocurre a nuestra propia vida. Como los narradores y poetas de la tradición oral, el autor de La orilla africana se enfrenta así al mayor enigma : el sentido final de nuestra existencia, resumible, sí¸ en una sucesión de hechos dispersos, ‒casi al modo de lo que Wittgenstein llamó « hechos atómicos » en el espacio‒ pero inaprensible, en cuanto conjunto, en cuanto figura final, si no le conferimos la lógica del artificio, que no es siempre sinónimo de la lógica del arte.

Verdad es que Proust, partiendo de Las mil y una noches, aspira a hallar un sentido, mediante la escritura, a su vida (y sólo puede ser, por lo demás, un sentido inmanente a la propia escritura) ; aspira, en alguna medida, a que la escritura otorgue significación a la experiencia, un propósito en el que le acompaña gran parte de la literatura contemporánea. Pero aquí, en cierto modo, desandamos este camino de Proust : se trata, no de conferir sentido a los hechos mediante su articulación y racionalización posterior, sino de olvidar tal racionalización y volver escuetamente a percibir sólo los hechos mismos, como lo hacen un poeta o un narrador en el ámbito cultural, distinto al Occidente, en que transcurre la obra. Tal percepción nos enfrenta a la evidencia irremplazable de lo sensorial : cuanto más luminoso, más enigmático. La paradoja, aparente al menos, reside en que esta percepción o bien se posee de modo inmediato o bien debe obtenerse mediante una finta última en la que la escritura culta vaya derechamente al encuentro de la concisión del relato anónimo, de la conseja popular. La belleza de La orilla africana es una belleza perpetuamente inagotada porque nace de la resolución armónica de esta paradoja, que es algo más que resolver una contradictio in terminis en la escritura : es recobrar, en ella, una percepción del mundo que, en el ámbito occidental, el narrador medieval poseía y sólo el poeta, en cambio, suele poseer hoy en plenitud. Así, el hechizo de La orilla africana parece propio de la poesía, no porque no sea plenamente narración, sino porque lo es en tal grado que nos devuelve al mundo de los relatos lulianos, de Las mil y una noches o de Tirant lo Blanc ; un mundo que parece estar muy lejos si atendemos al tiempo, pero que, en el espacio, está más cerca de lo que suele creerse : al otro lado, precisamente, de la « orilla africana ».

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R. Rey Rosa, La orilla africana
Brouillon autographe, DR

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